domingo, 1 de septiembre de 2013

Capitulo 9:


Baje las escaleras, y me despedí de mi padre con un beso en la frente, me acerqué a la estantería de la entrada, arreglé mi cabello, busqué mis llaves y salí por aquella puerta de madera castaña.
Allí estaban aquellas chicas, esperando a que saliese por la puerta.

Sus rostros estaban entristecidos, el de ambas, pero el más triste, era el de Sara. Podía observar una lagrimilla resbalando por su calida piel, y sus ojos cristalinos me observaban. ¿Qué habría pasado?

 

No lo sabía, no había palabras que arreglasen nada, me dediqué a abrazarla, ella comenzó a derrumbarse más en el abrazo, y una pregunta en forma de susurro me hizo entender.

 

-¿Qué ha pasado? –Dije en un susurro separándome de los brazos que me envolvían.

-Pues… -Dijo secándose las lágrimas- Lucas tía, Lucas…

 

Sus ojos que estaban cristalinos, ahora estaban repletos de lágrimas que delataban el dolor que sentía.

 

-Vamos al Starbucks y me vais contando – Dije.

-Vale –Dijo Laura

 

El silencio abundaba por las calles, y de vez en cuando algún coche pasaba o un suspiro lo rompía.

Las tres nos miramos, era la hora de que me contasen lo que había sucedido, ahora.

 

-Bueno, empecemos –Dijo Sara –Hace tres horas..

 

3 horas antes:

 

El sol apenas se había puesto en su punto más alto, aun quedaban unas cuantas horas, el pueblo estaba vacío, sin ningún alma en las frías calles, nadie excepto dos chicos, una simpática chica, con una picara sonrisa, y un chico rubio, que aparentaba ser muy dulce.

Los jóvenes se miraban de reojo, y sus manos entrelazadas decían que se amaban, sus rostros se expresaban alegres, y mostraban amor entre ellos.

 

-               Eh, ¡guapa! – Grito un chico que no reconocíamos.

-               Me das asco tío –Dijo Sara apartando la mirada - ¡Lárgate!

-               Nena, tú me dices que hacer –Dijo aquel repugnante chico a cual no podía mirar su rostro ya que me lo ocultaba.

-               ¡Suéltame! –Dijo intentando deshacerse de aquellos brazos que impedían moverse. -¡Ya!

-               -¿O que? – Dijo riendo.

-               ¡Que la sueltes ya! ¡Joder! –Dijo Lucas metiéndose 

-               Mira tío, tú no has visto nada, lárgate mejor.

 

El chico rubio de ojos azules se acerco al de la sudadera azul, y hizo un intento de pegarle, justo en la cara. Se miraron ambos con odio, ¿Qué pasaría? La chica asustada, intentó hacer que los chicos se separasen y que cada uno, se fuese por donde había venido. Pero no fue así, el de la sudadera azul, se aseguró de que Lucas cayese al suelo del dolor, y cuando lo consiguió se largo.

 

-Eso ha pasado –dijo terminando de contar todo Sara

-Dios, ¿y ahora, donde esta? –dije yo preocupada.

 

Buscábamos un maldito mapa que nos señalase cual era el metro que debíamos coger. Uno que nos llevase al hospital, y rápido.

Una larga cola para comprar los bonos nos esperaba.

Un dulce chico tocaba la guitarra en aquel silencioso anden, daba un poco de vida a este lugar, numerosas chicas de alrededor 17 años, se unían a la canción con el, Little Things, en verdad, lo hacía bastante bien.

Al fin, me tocaba a mi, buscaba entre mi bolso dos simples monedas de dos euros, pero nada, no tenía nada.

Me habían dejado sola, ahí, ellas ya habían entrado, y ya no había vuelta atrás, no podía ir, irían sin mi.

Me empezaba a agobiar, tenía que encontrar esas monedas, antes de que los ‘simpáticos’ señores que tenía detrás me arrancasen los pelos.

 

-Toma –Dijo aquel moreno de ojos verdes entregándome un billete de cinco.

-Eh, ¿Tú no…¡Gracias, muchas gracias! –Dije mientras sacaba mi billete. –Mi nombre es Alisson, pero me dicen Ali

-Soy Hugo, encantado, y ahora ¡Ve! –Dijo señalando por donde se habían ido mis amigas –Las vas a perder

 

Me despedí con una sonrisa en la cara y eché a correr, si quería llegar no podía perder el ritmo, tenía que seguir.

Entré por la puerta que se iba cerrando, al fin, logré entrar.

La chica rubia, y la morena me miraron.

-¿Contentas? –Dije intentando respirar –Casi me mato por vosotras

-Ya sabes que te queremos mucho –Dijo Laura entre risas.

 

 

Bajamos del metro, y salimos del pasillo subterráneo en el que nos encontrábamos.

Justo en frente se encontraba el hospital, los ojos de Sara volvieron a coger brillo, pero no era la única, a las tres nos dolía.

Se había ganado un buen golpe, por defenderla a ella, a su novia, a mi mejor amiga.

 

El centro estaba vacío, las paredes blancas daban la sensación de limpio, pero el silencio y la poca gente, lo entristecía.

Era un lugar muy sobrio, que apenas tenía adornos, como mucho, alguna que otra planta que regalaban los familiares a los médicos.

 

Una señora de pelo rojizo, con gafas de pasta azules, se encontraba en la mesa donde se organizaban todos los papeles, y un teléfono que no paraba de sonar, la molestaba.

 

-¿Dónde se encuentra Lucas Fernández? –Preguntó Laura seria a la secretaría.

-En la habitación 208, segundo piso –Dijo mirando unos papeles –Tenéis que darle esto al medido o enfermera que esté ahí, es el permiso de visita.

 

Los pasillos eran largos y silenciosos, se escuchaban toses de pacientes, y lloros de familiares. Era un lugar solitario, en el que hacia mucho calor, los médicos se movían de un lugar a otro, de habitación en habitación.

Al fin, llegamos, habitación doscientos ocho, puerta izquierda, una enfermera salía de ahí, y le entregamos los permisos, ella sonrío.

-No molestéis mucho – Dijo sonriendo – No se encuentra muy bien.